miércoles, 6 de enero de 2016

EL AMOR




La luciérnaga se quemó en la noche oscura,
en la calle desierta,
se apoyó en el hielo de una farola chamuscada.
La espina del pescado se pudrió en el alma atormentada y hueca,
no pudo salir del agujero negro en la que quedó incrustada.
Se apagó todo fuego sumergido en el agua cenagosa y turbia,
un agua muerta, oliendo a estiércol y a basura.
El abrigo se apolilló en el armario ropero
pobre tela rasgada,
en sus bolsillos todavía vivían sueños dormidos.
Nunca verán la luz las poesías de un amor humilde.
Nunca se abrirán los capullos del rosal sembrado con mimo.
Nunca amanecerá en la tierra yerma de un planeta sin oxígeno.
La luna se giró asustada,
vio sombras donde creyó ver luces,
observó lágrimas de sangre en los ojos de un muerto viviente.
La casa se derrumbó desde el tejado hasta sus sótanos secretos.
Una mansión podrida desde el primer momento en que vio la luz del sol.
Sin cimientos es imposible hacer crecer paredes.
Los milagros no existen.
La nada nació de una esperanza perdida,
se encontró un día un corazón y quedó allí prendida,
convertida en un alfiler envenenado,
una aguja que pinchó hasta hacer gritar de dolor al más fuerte.
La estela del cometa errante agarró la mano de aquel impaciente amante,
lo arrastró hasta elevarlo a las nubes
para luego arrojarlo al barro.
Allí murió ahogado por su propio llanto.

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